lunes, 30 de junio de 2008

Hermana de sangre

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México- Teotihuacan, sábado 17 de noviembre de 2007.


Luego del cierre en D.F. del XV Encuentro Internacional de Mujeres Poetas en el País de las Nubes, en el Palacio de Bellas Artes, estuve varios días visitando a mi amiga Issa Martínez Llongueras. (antes que comenzara el XV Encuentro, también. Issa había ofrecido su casa para alojarme los días que no cubría gastos el Encuentro)
Tendría que comenzar con mi llegada a México.




Issa me espera en el aeropuerto. No nos conocemos personalmente. Formamos parte del Equipo Editor de Palabras Diversas, y vía Internet nuestra amistad nació y creció.
Nuestro encuentro, es difícil describirlo, cómo transmitir lo que se siente al dar un abrazo real, a la persona que por meses has estado abrazando de manera virtual.
Se siente algo muy fuerte, un enlace que ya ha nacido pero se instala en tu cuerpo justo cuando estás dando el abrazo y recibes el otro.
Un taxi nos lleva del aeropuerto hasta la casa, en Lomas de Becerra, D.F.
Sin dejar de conversar con mi amiga, miro por la ventanilla y casi gritando digo: México, ya llegué, a ver cómo me recibes.

Muy tarde voy a descansar, a tratar de dormir, luego de hablar por horas con Issa.


Por la mañana detrás de la taza de café con leche, la sonrisa de Issa me dice: Suerte que te dormiste bien profundo.
Y tú cómo lo sabes.
Porque al rato de irte a dormir, hubo un terremoto, un susto Padre. Y ni te enteraste.

Si van a México ni se les ocurra decir lo que dije desde el taxi. Nunca se sabe.


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Han pasado doce días desde mi llegada.


Es sábado, la mañana está muy bella, y mi emoción, está al máximo.
Leí mucho sobre el tema arqueología precolombina, culturas que me atraparon con su organización social, religión, matemáticas, construcciones, tradiciones, y muchas cosas más.
La pirámide del Sol es la que está detrás de nosotras.


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La fotografía la toma Yolanda, la madre de Issa. Que nos está diciendo: ¿Van a subir sin sombrero?
Y sin sombrero subimos, nos acompaña José Carlos, el hijo menor de Issa, de 8 años.
Mucho esfuerzo, si, pero con tantas ganas de hacerlo, que las fuerzas aumentan en vez de restar.
Hacemos una parada para tomar fotos en la mitad de la altura total. Eso es lo que decimos, para darnos ánimo,

Ahora el fotográfo es Joseca.

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Ver la ciudad sagrada, desde allí es estar por sobre la realidad. O se agrega otra realidad, que sumada a mis recuerdos de estudiante, le dan al entorno una temperatura que no es la provocada por la atmósfera. Estoy subiendo las escalinatas que subían sacerdotes y los que iban a ser sacrificados en el altar, en honor a los dioses.
Imagino o veo. Hay mucha gente subiendo con nosotros. Todo se mezcla. Tendría que haberme puesto el sombrero. No hay duda.




Bajamos, luego de haber estado un tiempo, detenidas en la cima, en la parte más alta, por encima de donde estaba el altar, (eso creo) en el centro del espacio hay un “ojo”, en el piso de piedra, una piedra como nácar. Issa dice que ponga mi mano allí.
Pongo un dedo, el índice de la mano derecha.
Lo que siento es que estoy haciendo el ridículo, pero todos lo hacen, Issa insiste: Tomas energía de aquí.
Y me quedo unos instantes, fuera de mí. Mucho sol, dice mi cabeza. Mucha energía dice mi mente. Muchos latidos, siento en el corazón.

Bajamos. Descender es casi más difícil que subir. Hay que mantener el equilibrio frente a la inmensidad que se abre delante de los ojos. Los escalones son angostos, desiguales en altura.
Todo se acerca, la gente se hace de tamaño real.
Todavía creo que estoy en las alturas.

Muchos vendedores ofrecen su mercadería. Mucha gente camina, saca fotos, conversa.
El grupo que me acompaña está formado por : Issa, Yolanda, Joseca y José Alberto (hermano de Issa y conductor del auto que nos traslada)

Caminamos hacia la feria artesanal que está en la entrada. Vamos pasando por los puestos, los colores atraen, todo atrae.
Le digo a Issa que desearía una blusa con bordados. No me gusta ninguna y decido compar unas sandalias. Las pruebo y mis pies, que hasta momentos antes estaban dentro de las zapatillas, respiran felices.
Escucho la voz de Issa: Ce, aquí está la camisa que buscas.
Estoy sentada, aún no decido si volver dentro de las zapatalllas.
No.
Salgo y doy un paso. A veces un solo paso cambia tu vida entera. Otras veces no pasa más que eso, das un paso.
Siento dolor en el dedo grande del pie derecho, miro al suelo y veo salir sangre (literal) a borbotones. Y un dolor agudo me dobla en dos. Una piedra saliente, filosa, encontró mi dedo, justo para hacer una ofrenda a los dioses.
Alguien trae una silla, No puedo creer lo que veo. Issa trata de hacer un torniquete con una tira de género que le ha dado un vendedor. La veo con las manos llenas de mi sangre, su camiseta blanca manchada de rojo. Han llamado a un médico. Todo gira. Las voces se hacen lejanas, el sol ya no me da calor, me siento bien, todo es luz.
La voz de mi amiga, ya convertida en hermana de sangre, me vuelve a la realidad. Siento sus manos en mi brazo izquierdo.
Se estaba tan bonito allí donde estaba.
¡Ce, no digas eso, me has dado un susto Padre.
Mi dedo está vendado, parece una momia, me duele un poco. Casi me parece que soñé con una enfermera, que limpiaba, curaba, atendía. El nombre de un remedio, instrucciones para limpiar la herida, recomendaciones para la noche, poner no sé qué, para que las mantas no se apoyen en mi dedo. Mujeres que con agua limpiaban la vereda de piedras, hasta que todo queda limpio.
Mi sangre se ha diluido, se confunde con la tierra mexicana.
Digo: ay qué torpe, les arruiné el día.
No sé qué me dicen, pero pienso. No.

Y vamos a comer al lugar que habían elegido cuando llegamos. La gruta.
Es tal cual. Allí se está con la misma temperatura todo el año.
Hay que bajar muchas escaleras. Las bajo apoyada en Issa.
Música, bailarines: Fiesta.
Se está muy bien, está fresco. Para mi pie, una silla exclusiva. Mi otro yo, baila en el escenario.
Celebramos que soy medio mexicana, derramé sangre, los dioses me aceptaron, no hay dolor. Camino casi sin dificultad.
Y tengo una hermana de sangre. ¡Qué fuerte!

Hay muchas cosas que quedan sin contar.
Imaginen el almuerzo, los bailarines vestidos como guerreros aztecas, haciendo sonar un caracol marino arriba, casi en la entrada de la Gruta. (un restaurant de muchas estrellas merecidas) O con trajes típicos de distintas regiones de México.
Imaginen el viaje de regreso, en el auto, todos preguntando si me duele. No duele.

Teotihuacan ha quedado atrás. Físicamente. Está en mí.





A Issa, desde mi corazón
® Cecilia Ortiz – Experiencias por el mundo

4 comentarios:

Escritora y artista visual dijo...

Mis saludos Cecilia.

Es bueno ver tus pasos recorridos con sangre hermana. Es un placer sentir la energía de los ancestros con huella sagrada.

Un abrazo
Siempre
Sencillamente
Milagro Haack

Cecilia Ortiz dijo...

Querida "hermanita" Milagro,gracias por tu mensaje, y palabras que acompañan. Siempre.
Un gran abrazo.

Cecilia

ericka lopez dijo...

CECILIA GRACIAS POR VISITAR NUESTRAS BELLEZAS Y GRANDES RIQUEZAS TE SALUDO DESDE REYNOSA TAMAULIPAS MEXICO Y COMO SIEMPRE ES UN PLACER RECIBIR A NUESTROS HERMANOS EN NUESTRO PAIS.

LOS BELLOS RECUERDOS NUNCA SE OLVIDAN Y CREO QUE MEXICO ASI ES UN BELLO REECURDO.

FELICIDADES POR TU PREMIO Y TU BLOG ESTA MUY PADRE ESPERO QUE PUDIERAS VISITAR EL MIO TE LO DEJO POR SI TIENES UN POCO DE TIEMPO SALUDOS www.erickalopez.blogspot.com

Cecilia Ortiz dijo...

Gracias Ericka, un gran abrazo desde Buenos Aires.
Visitaré tu blog.
beso