sábado, 1 de septiembre de 2012

De Madre y Milagro


 
 
 
 
 
 

 

Mamá vivía conmigo, éramos madre e hija, pero al revés. Los años habían cambiado nuestra relación y sin ser su madre era como si lo fuera.
Con Milagro conversábamos por el MSN y nos veíamos por la camarita.
Mery, mi mamá, entraba al cuarto y me preguntaba con quién hablaba, siempre le respondía lo mismo: con mi amiga Milagro que vive en Venezuela.
Mery me miraba entre sorprendida y desconfiada, con sus noventa años, volvía a la cocina para preparar el té y luego llamarme varias veces.
Se me ocurrió que Mery podía compartir mis comunicaciones con Milagro, coloqué una silla y le conté. Ella no se opuso, le pareció divertido estar en mi cuarto y compartir esos momentos.
Siempre callada y fuera de la escena Mery escuchaba. Y miraba la pantalla sin convencerse de  que aquello que veía fuera cierto, que Milagro estaba en Venezuela y que hablábamos mediante la computadora, y que todo fuera ahí y en ese instante.
Me preguntó.
Milagro escuchó la voz y preguntó quién era. Dije: mi mamá.
¿Hola, cómo estás mamá de Ceci?
Estoy bien, con mi hija.
¿Y qué haces?
Me gusta leer novelas históricas, pero ahora no estoy leyendo estoy viendo en la computadora una cara y escucho una voz, mi hija dice que es una amiga que vive en Venezuela.
Vivo en Valencia, Venezuela.
Ah, Valencia como en España.
Asómate así te puedo ver.
Acomodé la silla de Mery más cerca y Milagro nos podía ver a las dos.
Conversamos un largo rato.
Milagro dijo: me gustaría que fueras mi madre.
Mery contestó: Bueno, entonces tengo dos hijas.
Así empezamos a llamarla Madre.

Fueron varios meses de conversaciones y risas y bromas y ella lo disfrutaba mucho, pero no alcanzaba a comprender cómo ese aparato hacía todo lo que hacía.
Yo tampoco lo entiendo mucho.

Cuando Madre tuvo el sorpresivo infarto, digo sorpresivo porque andaba todo el día por la casa, barría el garaje, limpiaba el patio y regaba las plantas; lavaba los platos, planchaba, preparaba comida, iba al club de jubilados y el médico que la atendía no encontraba nada preocupante, sólo el deterioro de los años. Repito, cuando Madre tuvo el sorpresivo infarto y la internaron de inmediato, se lo dije a Milagro.
A sugerencia de mi amiga, compré una crema para el rostro, la envolví bien y se la llevé a Madre diciéndole: Milagro la envió por mensajero urgente para que la uses y sientas que ella es la que te acaricia.
Por la noche, la crema había desaparecido del pote, Madre la compartió con las pacientes que estaban con ella en terapia intensiva. Se la veía bien, los médicos decían que en uno o dos días la trasladarían a una habitación.
Mi instinto no opinaba así
La última noche Madre preguntó, esa es Milagro?, señalando una enfermera. Le dije que si y la enfermera asintió y contestó si soy Milagro, madrecita. Las enfermeras tienen esa costumbre de usar diminutivos y a las mujeres mayores decirles abuelita o madrecita
Y Madre partió, sonriendo como si estuviera por hacer una travesura, mientras la abrazaba y le decía: si comés mañana nos vamos a casa. Me lo había preguntado  un momento antes. 

 Por eso decimos Madre siempre está. Madre nos cuida.

Me costó bastante decidirme a escribir esto, pero me siento aliviada. El alivio de compartirlo, de ponerlo en palabras, de recordarlo con tranquilidad y no haberme quebrado.

Gracias Madre por todo lo que enseñaste, por ser tan especial.

Los que la conocieron saben que es así.  

 

 

A Mery D’Antone
® Cecilia Ortiz