domingo, 10 de junio de 2007

Galope



La llanura, bajo el último sol,
era casi abstracta,
como vista en un sueño
.
J. L. Borges


Abro los ojos, todo es borroso. Seco mis lágrimas. Veo el alazán, galopa hacia el oeste, las crines brillantes; el polvo sube por la espalda de mi hombre que se aleja. Recostada en el poncho, aún tibio, miro cómo la luz amarillenta derrama claridad sobre las montañas, lejos, delante del caballo que ya no puedo ver.
Me acerco al río, el agua es fresca, mi cuerpo tirita mientras se moja. No puedo mover las manos, que quietas, se resisten a olvidar el abrazo (decidimos que fuera el último), me sumerjo con deseos de no salir. El llanto desbarata el intento. Salgo del agua, me visto con desgano; ya aparecieron las primeras estrellas y la noche es clara.
Mi zaino se arrima, conoce los hábitos, con su cabeza indica qué debo hacer. Lo acaricio antes de montar. Distante, la luz de mi casa se insinúa en las ventanas. Me esperan, lástima, no tengo ganas de hablar. Estarán sentados alrededor de la mesa. No tengo hambre. Siento frío, el viento sacude mi ropa y entre las telas húmedas murmuro un llanto, contengo lágrimas, aprieto los puños. La luna presiente mi estado de ánimo y se oculta. Me abrazo al cuello del animal, él fue testigo de los encuentros furtivos. El silencio palpita en el campo, mi corazón se detiene. Unos ladridos anuncian que llegué. La puerta se abre y esa silueta oscura, que no quiero ver, aparece en la galería. Los perros aparecen detrás, colas quietas, orejas caídas. La voz ronca me acusa, amenaza. El zaino se inquieta, gira despacio. La tranquera está abierta. Grito.

Mi caballo galopa veloz, sabe que el alazán es rápido.



® Cecilia Ortiz

lunes, 14 de mayo de 2007

No hay miradas



La noche avanza y me detengo, al borde del camino. Serena, la oscuridad acompaña el último vestigio de luz atrapado en mis ojos. No puedo cerrarlos, están vivos. Apago el motor del auto. Mi cuerpo añora el sutil borde de nuestras sábanas.
Aún en la sombra la noche es generosa. Restaura, aligera el contorno de las cosas, se hacen una sola forma.
Soy invisible, no hay miradas que miren ni reclamen.
Me doy cuenta de que andar a solas es diferente a lo que pensé.A todo se acostumbra el día, y también la noche, con su primavera postergada porque necesita luz. Y la necesito.
Sus palabras me hicieron recordar el color del verano; la voz acumula soles, paisajes, enhebra sonidos con alas, transforma piedras hostiles en playas; mi corazón emana destellos, es difícil decir adiós aunque se está dolorida.
Mis manos se rebelan al designio que impone el destierro, el elegido por mí. Siguen aferradas a la piel de un bolso que contiene el vestigio de cartas. Para recordarme que sólo se detiene lo que quiere detenerse y que se guarda para sí lo que tiene prohibido despertar. Son las cartas que le escribió a ella, su nuevo amor.
Cuando se despierta en medio del sueño, el insomnio se apodera de todo y volver a dormir es imposible. Así me sentí mientras escuchaba sus mentiras: que me ama.
Ya no le creo. No se ha dado cuenta de que a su costado, vestida de noche en la noche misma, soy día.

Entro en el auto, lo pongo en marcha. El camino se abre en la casi madrugada, no hay luces en el camino.

® Cecilia Ortiz

martes, 1 de mayo de 2007

Me propones



Me propones cruzar la puerta, no siento tu mano tibia en la mía.
Hace tiempo que ya no estás. Y sin embargo insistes, cruza la puerta, dices. Y lo vuelves a decir.
Oigo tu voz una y otra vez.
Te veo sentado frente a la ventana, aunque no estés, parece que estuvieras.
Aún el perfume del tabaco acompaña tu sillón.
La puerta cerrada es una frontera, tablas y bronces lucen su porfiado destino. El mío frente a ella, y frente a ti. Que no estás, pero insistes en seguir entre las paredes grises.
Tengo la llave. Lo sabes.
Me conoces.
Después de ti, cariño, susurras cerca. Y me rebelo y exploto y le doy un golpe a la puerta. Golpea detrás de mí empujando el aire que me empuja. Y soy libre.
Detrás de esta puerta, estás, con la mirada fija, como cuando tomaste el café que te serví.
El último.

® Cecilia Ortiz


Mi puerta


Siempre pensé que una puerta es para pasar a otro cuarto, salir de la casa, entrar a otra habitación o tal vez, al vértigo de lo desconocido, a la intensa vida del hogar, al encuentro de la fantasía. Hasta que encontré una que tiene lo suyo.
Suspendida de la pared de mi cuarto, olvidé decir que es una pintura moderna, la veía día a día al abrir los ojos. Y comprendí que esa puerta no conduce a ningún sitio. Detrás de ella , una pared.
Mi fantasía no lograba atravesar el muro. Por eso decidí romper la pared, hacer un hueco y dejar que el viento se cuele por él. Eso pensé. Pero casi sin darme cuenta encontré la fórmula.
Ya sé, pensarás que estoy loca, puede ser.
Qué importa, consigo el objetivo, salir por el cuadro para ser una mujer libre de temores.
Pero regreso a liberar mis manos mientras busco en todos los rincones, sin descubrir el secreto. Sin encontrar la manera de salir por la puerta convencional y ser lo que quiero ser.
Si lo descubro, se acaba la magia. Y el cuadro volverá a ser lo que es, una puerta que no conduce a ninguna parte.
No importa. Se puede inventar otra y convencerse de que es la misma.
Me dices que no, con la cabeza. El secreto debe ser secreto y punto.
No me conformo y seguiré buscando todas la noches, absolutamente todas. Debo saberlo, lo necesito. De lo contrario, nunca recobraré la libertad y seguiré atada a esa puerta estática sobre un bastidor, a comenzar la ceremonia de trasformación para ser esa mujer que soy, cuando logro traspasar los límites de mi obsesión.



® Cecilia Ortiz

La promesa


...y el tiempo que pasa, el tiempo que es un río cruel en una pared pintada con tu nombre....
sansara

Entro, la casa a oscuras recibe mis pasos, lentos, indecisos. Aspiro un aire tibio que reconforta mi silencio, palabras que no puedo decir.
Aún intento resistir. La tentación frente a mí tiene forma de puerta entreabierta. La luz que proyecta encandila, es intensa la oscuridad que me rodea. Insiste la luz, insiste la puerta en abrirse más y ya no puedo contenerme.
Te percibo en la luz magnífica que me atrapa, succiona el cuerpo, embruja el sentido.
Dije que no.
Pero no puedo negar lo que siento.
El truco da resultado, la casa a oscuras, la puerta del cuarto entreabierta, la luz que atrae a la polilla ávida de esplendor y caigo en tus redes.
Cada noche me espera una manzana, roja, fresca, perfumada. Me miras a los ojos. A la manzana le falta un mordisco. La ofreces simplemente y eso me vuelve loco, tan loco que olvido mi casa. Y las llaves caen, como todas las noches, para perderse entre las sábanas junto a la promesa de que es la última vez.
® Cecilia Ortiz

viernes, 30 de marzo de 2007

Tormenta





















Con su figura delgada y cristalina
la lluvia pincela de agua dulce
las melancólicas formas que imagino
alivia
el ocaso de mi cansada frente
y llueve por dentro del cuerpo.
-manantial liberado que corre
compitiendo con mi sangre-
Siento la memoria y el consuelo.
Caminan escondiéndose
en el recinto sin fondo de mi esencia.
Una prolongada sensación
denuncia perdidos signos.
Afuera la tormenta desplaza sueños
es fiel mandato.

Los árboles celebran con el viento
un rito fantasmal que avanza
y aúlla a mi oído lamentos perdurables
-No resisto-
Mi cuerpo tiene apenas una trama color nácar
que lo ampara
y conjuga gestos pálidos
sobre venas indomables.
Debajo de la piel otra tempestad estalla.
Soy prisionera en la doliente marejada
que disfraza penumbras.
Lejos está la llovizna
polvo de soledad que caía
atenuando forma y silueta de las casas.
No quiero sentir el látigo de lluvia
sobre notables cicatrices
tampoco la mirada indiscreta del aire
simulando ráfagas.
Mi temporal deja en libertad raíces
y dibuja filigranas de plata.

Se desgajan mis desvestidas ramas
ya no son cautivas de la rabia.
Trombones azules mienten un final cercano
Me consuela el silencio
después de las nacidas emociones.
Más allá de mí
el sol se va en puntas de pie hacia la noche.



® Cecilia Ortiz

domingo, 25 de marzo de 2007

Verano





Mi hermana y yo acostumbrábamos a pasar nuestras vacaciones en casa de los abuelos maternos. Mara y yo disfrutamos siempre, hasta que cumplimos los doce años.
Verano.
Beo y Aba, así los llamábamos desde la media lengua de las primeras palabras, habían planeado salir en bicicleta.. Cada uno llevaba una nieta en el asiento de atrás.
Quiso no sé qué misterio que la bicicleta de Aba no quisiera andar. Los pedales giraban, las ruedas también, pero, empecinadas, no se movían del lugar.
Mi hermana me miró con cara extraña. No dijo nada, pero entendí que decía. Si no voy yo, no vas.
Sonreí. Me aferré a la cintura del abuelo, que indeciso aún no hacía andar su bicicleta.
La tarde comenzaba unos giros de viento, hojas sueltas, mariposas y el sol filtrándose entre las ramas de los árboles. Nosotros detenidos o con movimientos lentos, mirábamos la bicicleta empacada.. Sin hablar.
Pensé con fuerza, con mucha fuerza, que todo se solucione. Los segundos jugaban con mi pelo trenzado.
Apareció Pablo, mayor que nosotras, con su bici nueva. La escena se iluminó con la sonrisa de todos.
La abuela , para consentir a Mara le pidió que la llevara . No lo dejó decir una palabra, cuando lo intentó, mi hermana, con cara de triunfadora, ya estaba sentada detrás.
Salimos los cuatro. Mariana me miraba desde altura que le daba el estar con Pablo. A mí me pareció que el suelo me atrapaba, tan abajo me sentía. Se soltó el pelo.
Me sentí mal con mis trenzas. Cuando intenté soltarme del abuelo, para arrancar los moños con fuerza, tuve que escuchar lo de siempre. No te sueltes, que te podés caer, tranquila nena, disfrutemos el paseo . Mirá que linda se ve la casa desca acá.
Desde acá, era la cuesta rodeada de casas y jardines , allá abajo la antigua construcción donde veraneábamos se veía pequeña. No me pareció linda.
No dejé de mirar a Mariana ni un segundo. Iba radiante. Igual que Pablo.

Regresamos a la tardecita, por la calle de tierra, la que tiene un techo de árboles siempre verde. Mis lágrimas se escondían en la camisa del abuelo.
Me casé con Pablo ocho años después. Desde ese día mi hermana no me habla.
® Cecilia Ortiz

miércoles, 28 de febrero de 2007

5 Líneas de la página 123




"-Si no es mucho pedir , antes de medirnos me agradaría conocer el motivo.

-General, es usted un opresor de las libertades y derechos de los individuos. Libraré a esta provincia de su tiranía.

Quiroga mira fijamente al gringo, que también lo estudia a él con los ojos quietos, tranquilos, transparentes."



Amores insólitos de nuestra historia, autora María Rosa Lojo, escritora argentina.

Del relato: Ojos de caballo zarco.


Atrapa la escena, el encuentro de Facundo Quiroga con un extranjero que lo reta a duelo en su propia casa. El motivo: Quiroga había confiscado su estancia, lo producido en ella , para el mantenimiento del las tropas que dirigía.

El gringo estaba enamorado de una joven , y el padre no aceptó la propuesta de casamiento a menos que el hombre estuviera asentado, tuviera una hacienda, estancia, etc. Y cuando lo logra...


Contratapa del libro: Si la experiencia del amor es, en principio, un patrimonio compartido por todos los seres humanos, en estos amores insólitos de nuestra historia se exarberan las distancias y las diferencias (de clase, raza, cultura, edad, poder) para bien y para mal de los amantes.

Manuela Rosas, Domingo Faustino Sarmiento, Ulrich Schmidt, Julio A. Roca y Eduardo Wilde son algunos de los protagonistas de esas curiosas historias de amor, donde la investigación minuciosa y la documentación precisa se unen a la imaginación.

Una anécdota poco visitada y la mejor literatura se dan cita, gracias a maría Rosa Lojo, en estos amores insólitos que indagan la naturaleza de la pasión en una sociedad hecha de mezclas audaces y complejas alianzas.


María Rosa Lojo 2001

Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S.A. de Ediciones 2001

De esta edición: Suma de letras Argentinas S.A. (Punto de lectura Argentina) 2006

El juego fue propuesto por María Antonia Moreno Mulas ( Cuántos cuentos cuentas tú) que lo heredó de Aurefaire, y consiste en copiar cinco líneas de la página 123 del libro que estás leyendo, si quieres jugar, avisa.
Como no me doy cuenta de cómo pasarlo por aquí.. lo derivo por mensajes a:
María - Fotografías en la pared-
sansara- Todas esas cosas que no cupieron en una servilleta

sábado, 17 de febrero de 2007

En la casa





Me acuerdo bien de esas noches. La abuela me llamaba desde su cuarto.
-¡Amalia!
Yo corría por la escalera, llegaba hasta el costado de la cama corriendo, dejándome caer en el borde. Ella se mecía como un niño.
Se le achinaban los ojos mientras la sonrisa abría un surco en su cara.
-¡Contámelo otra vez- La voz de la abuela me acariciaba.
Yo le contaba que el nombre de mi novio era Domingo, como el abuelo; que iba a ser ingeniero, como el abuelo; que vivía solo, en una pensión; que fumaba habanos, como el abuelo; que se quería casar en septiembre.
La abuela me daba la mano.
-Decíme qué día.
-El veintiuno.
-¡Qué lindo! Me gusta que sea como tu nono.
Mis palabras seguían con la historia. Los suspiros de las dos jugaban al sube y baja.
-Parece que va a llover- interrumpía la abuela.
No hablábamos más.
A su lado el sueño llegaba en silencio. Cada noche igual a la anterior y a la siguiente.
Alguna vez la lluvia distraía los secretos del jardín; nos dormíamos contentas.
Cuando la abuela murió no corrí más por la escalera.
Me quedé abajo, puse la cama cerca de la chimenea. Duermo del lado de la ventana grande, así, cada tanto, la luna silenciosa me cubre con su luz triste.
La casa se estremece con las tormentas; la construyó el abuelo cuando llegó de Italia.
Mientras los relámpagos corren por el cielo y los truenos me asustan, huelo un pañuelo perfumado. Imagino que la abuela me acuna.
Los gatos del vecindario caminan por la medianera, miran con recelo la ventana. Siempre los veo pasar.
Desde que se fue el abuelo todo se va.
Mi mamá, mi hermana, la hermana de mi mamá.
Nadie se queda.Sólo yo y la mentira, dueña del cuarto vacío; me llama cada noche para que mienta otra vez.
® Cecilia Ortiz

viernes, 2 de febrero de 2007

Andén de vida

De la mano de mi abuelo conocí la estación de Villa Ballester, sentados en la sala de espera , vimos pasar los trenes locales y los que se detenían para cargar la bolsa con el correo o las encomiendas. El reloj de la sala llamó mi atención, una aguja larga, una corta y una delgada que no cesaba de andar. Aprendí el funcionamiento y volví a casa con el nuevo conocimiento, como si fuera algo maravilloso. Para mí lo era. Ya no tenía que preguntar, era yo la que preguntaba: ¿te digo la hora?Cada visita a la estación de tren era una fiesta. Los horarios de los trenes, me cautivaron.¿Cómo sabían que debían llegar, quién les avisaba?¿Nono, cómo saben los trenes? Los veía con vida propia. También aprendí que no era así. Que había muchas señales, muchas personas, muchos contratiempos. La sala amarilla, como la llamábamos, servía de aula.La Abu llegaba algunas tardes con la merienda caliente. La casa no estaba cerca de la estación.. Pero ella llegaba con su mejor sonrisa y una pequeña canasta con el termo, algunas galletitas y casi siempre con un buen trozo de pastel de manzanas, tibio.¿Nono, se puede guardar el calor del verano para cuando llegue el invierno?¿Y si le llevamos a la Abu un poco de luz del sol, para cuando esté cosiendo en la máquina y sea de noche? Los trenes indiferentes a mis inquietudes pasaban siempre con el mismo rumbo. Hacia la derecha, al interior del país. Hacia la izquierda , a la Capital.Arriba, abajo, delante, atrás, la hora, los horarios, invierno, verano, luz y sombra. Ya estaba al tanto de todo.Ya crecí Nono, ahora puedo venir sola a ver los trenes. La sonrisa y los ojos claros me dieron la bienvenida al mundo de los grandes. Tenía cuatro años y toda la energía del mundo. Eso creí.El abuelo se fue seis años después. La Abu cuando cumplí veinte. Mucho antes que el Nono, habían partido papá y mamá.El andén me esperaba todas la mañanas, subía al tren , y luego de ocho o nueve horas, otro tren me dejaba en el mismo lugar. Me quedaba en la sala de espera, sin esperar a nadie. Estar allí era recuperar mi familia.Veía envejecer a mis compañeros de viaje, y todas las mañanas frente al espejo renegaba de las arrugas. Me decía que eran prematuras, pero sabía que no lo eran. Iba más temprano para verme en otro espejo que no fuera el de casa. Donde me miraba era el horario de trenes, enmarcado y protegido por un vidrio. Allí me veía mejor. Mucho mejor.Acepté casarme con Javier, siempre me había gustado su cara jovial, su manera de cederme el asiento apenas me veía ingresar al vagón, su voz al preguntarme: ¿cómo estás hoy?, el tono cuando me decía: hasta mañana, dulce.Y amé cada mañana y cada tarde que fue mi compañero de viaje en tren, sin saber que lo que amaba, era otra cosa.El siguió viajando, yo, en casa. Lo iba a esperar con alegría, la sala me recibía iluminada por el sol de la tarde, era un buen lugar para alguna labor de mano y la calidez de la lana , las agujas moviéndose ágiles, mis compañeras de esos momentos. Hasta que llegaron los hijos, se complicaron los horarios y cuando me di cuenta, la sala de espera se hizo recuerdo.El amor se desgastó sin saber cómo. Los niños, la casa, el dinero que no alcanzaba. Propuse un viaje en tren para las vacaciones. Y allá fuimos. Pero el tren no solucionó nuestras diferencias, es más, las aumentó. Siete largos días fueron suficientes para saber lo que había que saber. En la sala amarilla, lo discutimos una madrugada.Y, cada uno por su lado, eso dijo.Ahora los niños han crecido. Ya tienen su vida.Estoy otra vez en el andén, dentro de la sala un poco descuidada, viendo cómo pasa la vida de los demás. Hoy siento que estoy tomada de la mano del Nono y que la Abu en cualquier momento llegará con la merienda caliente. Hace mucho frío.
® Cecilia Ortiz