lunes, 2 de mayo de 2011
Feria del libro 30 de abril de 2011
Por ser un momento inolvidable, lo filmé con mi celular,(todo un logro) luego lo subí a Youtube y aquí está para compartir.
Un super gran abrazo para todos
Cecilia Ortiz
Feria del libro Abril 2011
Con el Grupo Literarte y mi grupo De Raíz Letras, mis "chicas". Ejemplo de vida todas. Y un escritor de Alaska que se unió al instante fotográfico
Homenaje a Sábato. Pocas palabras. Un párrafo, el último de su libro El túnel .Y muchos aplausos. Merecidos.
Y buscar y rebuscar el Stand de las Provincias.
Sin micrófono, hacer la presentación en medio del murmullo subido de tono de la gente por todo el pabellón, fue un desafío.
Los desafíos son así.
Y nuestras voces, se uniron a las otras voces, a los otros instantes, a las otras presentaciones.
Desde las diecisiete a las dieciocho horas. Sólo una hora. Una sola hora que fue la suma de muchas horas de trabajo, de pensamientos, de ideas.
Compartí la presentación con Néstor Costa y su libro "de mi barrio y más allá" primer premio en el primer concurso de poesía de Ediciones Literarte.
Compartí también con Román Méndez, segundo premio del mismo concurso, su triptico "Conexión"
Y pasó el momento, rápido, como todos los momentos intensos.
Escuché a Pablo y a Graciela leer la presentación de mi poemario, y sentí que era como elevarse, haber perdido la atracción de la gravedad terrestre.
Logré el equilibrio cuando el silencio me indicó que tenía que leer mis poemas.
Y leí.
Volviendo a pasar por el corazón los instantes que inspiraron el poemario.
Algunos evocan sufrimiento, otros, ilusión, la mayoría la desconformidad ante el mundo que veo.
Que trato de comprender. Creo que más que comprender, lo escribo.
Le digo que no me gusta lo que hacen los humanos.
Agradezco a Miriam Cusnir las fotografías
Y a María Elsa y Belén por su compañía. (No están en las fotografías, ya había terminado el encuentro)
lunes, 18 de abril de 2011
Retamas

Porque yo, siendo coplero
de ser Rafael Alberti
pasé a ser Juan Panadero.
Rafael Alberti
Sonríe y no
sólo deja bajo el sombrero
marrón
pura sombra iluminada
por el bronce de su voz.
Largo el cuerpo, finas manos
angosto
su apretado cinturón
y manchados sus zapatos
en blanco, verde
y granate.
Detrás de él van sus versos
delante
la realidad de los tiempos
que todos viven
y él canta.
Él, sonríe y no
a los ojos
oídos y vacías palmas.
A su paso los balcones
se abren
y ávidos le claman .
Muchos saben lo que él sabe
y dejan ante sus puertas
varas de floridas
retamas.
Toda la gente sonriendo
en ciudades y campaña
paga el pan
al Panadero
que sin harina
se amasa.
® Cecilia Ortiz
lunes, 21 de marzo de 2011
El cuento de un cuento

Acompañé a mi amiga Esther hasta la estación de tren, caminamos despacio, conversando. El atardecer de un hermoso día del mes de abril pasaba frente a nosotras. La noté nerviosa. Le pregunté.
Por respuesta me contó un cuento:
Un viejo maestro, caminaba por el camino del bosque, acompañado por su discípulo. Anochecía. Llegaron a una casa, que parecía abandonada, por el aspecto de sus paredes y techo. No había plantas alrededor y un poco más atrás se veía una vaca pastando cerca de lo que parecía un precipicio.
El maestro golpeó las manos y salieron los habitantes de la casa.
Se notaba que eran muy pobres. La ropa raída, las caras tristes. Adentro de la casa todo estaba deteriorado, las sillas rotas, los armarios apoyados en la pared, sosteniéndose apenas. Algunos colchones tirados en el suelo estaban cubiertos por mantas o lo que había quedado de ellas.
El maestro preguntó si podían él y su discípulo pasar la noche allí.
Alrededor del brasero con un poco de leña ardiendo bebieron leche caliente, los habitantes de la casa estaban callados; el maestro preguntó: ¿Cómo se arreglan para vivir en este lugar tan desolado?
Le respondieron: que cómo podían ,algunas veces cambiaban leche por otro alimento o alguna ropa y así, con poco, se arreglaban, porque no había más.
La noche pasó velozmente.
De madrugada el maestro y su discípulo volvieron al camino. En la penumbra vieron la vaca, quieta, cerca de la casa.
El discípulo no podía creer lo que vio. Su maestro había empujado la vaca al vacío y sin decir palabra comenzó a caminar hacia el camino.
Pasaron el día sin hablar. Los pensamientos del discípulo eran siempre los mismos: mi maestro está loco, solamente un loco puede haber tirado la vaca de esa pobre gente.
No preguntó. Al finalizar el día pensaba que su maestro había tenido una razón que él no comprendía. Lo respetaba mucho y no quiso alterar sus meditaciones. Estuvo por preguntarle, pero dudó. Él no debía preguntar, la vida se iba aprendiendo mientras transcurría y se encontraban las soluciones.
Durante mucho tiempo el discípulo despertaba en las noches con la imagen de aquella gente, en la desolación que habían quedado.
Nunca dejó de pensar en ellos y en la razón que impulsó al maestro ha hacer lo que hizo.
Años después, el discípulo comenzó su camino solo.
Volvió al bosque y buscó aquella casa. No la encontró.
Casi en el mismo lugar una construcción nueva, rodeada de árboles frutales, huerta, corrales con aves y ganado, relucía de prosperidad.
Preguntó por aquella gente. Sorprendido descubrió que eran las personas que él buscaba. Se dio a conocer.
Mientras bebía algo fresco escuchó:
Aquella noche la vaca se cayó en el barranco. Cuando vimos que habíamos quedado sin nada nos pusimos a pensar qué podíamos hacer.
Aquí, mi amiga Esther terminó el cuento.
Volví a preguntar que era lo que la preocupaba. Me contó de sus proyectos y de lo pesado que le resultaba tomar una decisión. Casi en un susurro me preguntó: ¿Tiro la vaca?
Pensé que las posibilidades siempre son un buen capital.
La abracé riendo. Comprendió que le decía que si.
® Cecilia Ortiz
jueves, 20 de enero de 2011
Tiempo de verano
Recuerdo la melodía, y la letra , una parte de Porgy and Bess : tiempo de verano cuando vivir es más fácil.
Este verano ha llegado con turbulencias de las atmosféricas y de las otras.
Algo que parecía estar bien, no lo está.
Necesito reflexionar. Cambiar la jugada en el tablero de la enseñanza y del compañerismo.
Nunca se me ocurrió tomar el lugar preferencial estando en grupo, en taller, en clase, en reunión de amigas, (porque soy coordinadora de talleres de escritura).
Hay que hacer cambios.
Ya los griegos temían esa palabra, por el significado, por el resultado o porque al hacer un cambio todo es distinto. Mover un mueble de lugar en casa, nos hace sentir tontos cada vez que volvemos al mismo lugar que estaba. Y ya no está. Está , pero no en el mismo lugar. Y tardamos bastante tiempo en adaptarnos.
Cambios.
Nuevas maneras.
¿Cuáles?
Tiempo de verano, para reflexionar..
Tiempo de tomar distancia.
Tiempo de retomar la escritura personal, dejar las investigaciones y volcar lo vivido, lo observado y lo imaginado.
Hacer ficción o poemas. Hacer que el día sea único. Siempre es único, No hay otro igual. Nunca.
Y lo que necesito es el soporte de la amistad. Siento como que se me hubiera deslizado del cuerpo un vestido, hasta el suelo. Sigo vestida con otro. pero no es el mismo.
Desconfianza, palabra que no creí que iba a usar pero no puedo evitarla, se ha instalado, reina caprichosa y no deja lugar a otras.
Tiempo de vacaciones.
Tiempo de volar de cualquier forma.
Tiempo de verano, cálido, tormentoso, rayos y centellas, tormentas. Calma. Viento del sudeste y el río sube y la brisa es fresca.
Recuerdo Cerrado por melancolía de Isidoro Blaisten.
La melancolía engañosa que dice, ven que todo lo mío es tan bello, y si te atrapa ya no eres la misma.
Pero cierro las ventanas, abro la puerta del juego y salgo.
Es tiempo de verano, cuando vivir es más fácil, así lo expresa Ira Gershwin junto a la música de George Gershwin.
Tal vez la recuerden, o la busquen para escuchar.
Un consejo (esto de dar consejos no es lo mío) Si te invitan a tomar un café, prepárate como para un enfrentamiento bélico y guarda las formas , escuches lo que escuches. Es lo mejor.
© Cecilia Ortiz
viernes, 14 de enero de 2011
Poetas en fuga
Digamos que la ficción, continúa, que las imágenes siguen apareciendo sin interrupción y las escenas fluyen desde no sé dónde. Se acomodan, como reinas y subordinan palabras para hacer surgir la historia
Es de mañana. La noche anterior dejó sabor extraño en todas las bocas, y la sensibilidad potenciada. Mama Tere prepara el desayuno, su hija ayuda. No la hemos podido convencer de que no lo haga. Miro por la ventana, el cielo casi desaparece detrás de la copa del árbol. Las tazas dejan escapar su perfume tentador. Hay bollitos de pan, tortillas (parecen panqueques), mermelada, palabras suaves; algo de apuro. Nos esperan para desayunar. Eso han dicho ayer.
Salimos de la casa. Escuchamos las recomendaciones.
Tere, vamos, luego del desayuno previsto, a visitar el paseo junto al río. Vamos con un guía. Estaremos bien. Luego almorzaremos y vendremos aquí hasta que sea la hora del recital en la plaza. Estaremos bien.(repito)
Desde la esquina saludamos la sonrisa y la mano que se agita para despedirnos.
Todo está como ayer. Sin gente. Buscamos teléfono, cerrado. Internet, cerrado. Pregunto, es sábado o domingo. Es sábado. Diez treinta.
Llegamos al local donde nos esperan dos compañeras. Ellas no saben que ocurrió anoche. Contamos todo.
No estamos solas, hay algunas mujeres, además de las que atienden. Escuchan, como si no escucharan.
Tres compañeras deciden quedarse. No están de humor para un paseo. Prefieren observar qué ocurre en el pueblo. Si anuncian el recital, si alguien del Municipio les dice algo, si se abren los comercios. Si pueden hablar con alguna persona sobre lo que sea
Frente al Palacio Municipal esperamos. Llega un hombre. Se presenta. Está comisionado para ser nuestro guía. Subimos al vehículo. Salimos del pueblo y vamos hacia el mismo lugar donde estuvimos anoche mirando las estrellas.
El paisaje es atrapante. El río, desliza sus aguas por debajo, entre piedras multicolores, rumorea mensajes, relata con pasión sus andanzas montaña arriba. Vamos por una pasarela, camino a la caída del río. De un lado la pared rocosa muestra su exuberante vegetación. A sus pies, un canal lleva con rapidez torbellinos transparentes. Agua temperamental que llegará a su destino con mucho ímpetu.
Nuestro destino. Quedo pensando un momento. Las voces interrumpen mi análisis. Es mucho mejor escuchar.
El hombre pertenece a una agrupación que convoca e instruye sobre la protección del venado. Cuenta. Nos pide que contemos. Somos poetas, decimos. Las escucho.
Estamos solos en medio del paisaje; el lugar está preparado para pasar el día y disfrutar a pleno Parece que la gente no lo ha tenido en cuenta para el día de hoy.
La naturaleza invade todo. Nos sentamos en unos bancos de cemento, de espaldas a la mesa del mismo material. El hombre se sienta sobre un tronco cercano, de espaldas al río que murmura su canto allá abajo entre guijarros.
Leemos poesía, en voz alta.
Leo poemas de una compañera mexicana, mariposas, leo mariposas de colores. Y son mariposas de colores las que comienzan a girar a mi alrededor. Magia de la poesía.
El paisaje gira y gira. Con Patri bajamos hasta el borde del agua, juntamos guijarros.
Regresamos por la pasarela que usamos para ingresar.
Regresamos en silencio.
Regresamos.
Nuestras compañeras cuentan mientras almorzamos Hablaron con alguien del Municipio que dijo que extraoficialmente el recital estaba suspendido. Ellas contestaron que hasta las cinco de la tarde esperábamos la confirmación.
Al salir nos cruzamos con la misma persona que sostiene su información extraoficial.
Mantenemos nuestra oferta: Hasta las diecisiete horas.
Tere nos espera muy inquieta. Cerca de donde estuvimos , en la ladera de enfrente , un poco más arriba de la caída del agua, cazadores furtivos mataron un venado. Y todos están abocados en la búsqueda.
Quedamos en silencio. Todo se ha descontrolado otra vez. Recital, nuestra visita, nuestra estadía. Cazadores furtivos, es la frase que bailotea por mi mente. Nosotras tan cerca. Destino. Detengo mi pensamiento.
Son las cuatro de la tarde. Hemos preparado las maletas. Oficialmente no sabemos nada pero entendemos que nadie nos avisará.
Mamá Tere sentada en la cocina, escucha nuestro recital, lagrimea diciendo: Lo que se pierden los demás.
Sencillo acto de agradecimiento a esta mujer maravillosa.
Se ocupa de llamar dos autos para regresar, no queremos quedarnos, a hacer qué.
Sentimos que la fuga es la única salida. No es fuga en realidad. Pero, cómo llamar a esto.
Ya ha pasado la hora, son las diecisiete y treinta. Confirmamos el viaje.
Partimos con las bendiciones que a cada una da Tere.
Una canasta con panes dulces para el viaje, recién traídas por una pareja mayor es el mejor regalo. Pan sencillo. Pan de amor. Pan sincero.
Nos cuesta desprendernos de Tere. y de su hija.
Pasamos delante del Municipio. Personas que conocemos nos miran. No saludan. Nosotras sí lo hacemos.
El conductor del auto en que viajo pregunta: Qué hacen por acá.
Le reponde una compañera a qué habíamos ido y agrega ironicamente: pero han matado a un venado y nosotras estamos demás.
El camino sinuoso. El paisaje casi en atardecer. Nosotras también.
Siete poetas en fuga y un poema desperdiciado.
Ya no contaré más ficciones sobre este viaje.
Ha quedado en el recuerdo. Y no es mi intención recordar, volver a pasar por el corazón esas experiencias.
Ha quedado la amistad con seres maravillosos que de otra manera no hubiera podido conocer.
Ha quedado tanto que es imposible contar.
Gracias a todas mis compañeras de emociones en el XV Encuentro de Mujeres Poetas en el País de las Nubes.
© Cecilia Ortiz
martes, 14 de diciembre de 2010
Nushu
Viven en una comarca cubierta de vegetación. El pueblo rodea un lago tranquilo. Las barcas pescadoras abundan en los días calmos. Si el viento llega apresurado, del oeste, cambia el paisaje. Pocos peces llegan a las cocinas.
Muchas casas alejadas de la costa están habitadas por agricultores. Plantaciones de arroz: surcos verdes sobresalen del agua quieta, en las hondonadas del terreno.
Es un pequeño universo que unifica peces, barcas, verde, azul, hombres y las pocas mujeres que salen de sus casas; calladas, pasos rápidos, pies pequeños, muy pequeños, ojos rasgados, sonrisa dibujada.
En la temporada de lluvia las viviendas parecen enlutar.
Amanecer y crepúsculo son un solo color.
De noche, pocas luces salpican el manto de terciopelo oscuro que todo cubre y agrupa.
Hoy las sombras aguardan el momento, el instante esperado. La dulce combinación del pasado amargo y el presente con un nuevo sabor.
Apenas iluminadas, manos femeninas trabajan sobre tablillas de madera clara. Los pinceles finos, deslizan color y forma sobre la caligrafía secreta. Es el último signo, el que tardó en surgir luego de haber ideado, entre todas, más de dos mil signos. Los ojos son casi una línea húmeda que observan la gestación y se agrandan como si no comprendieran lo que está delante de ellos. Ha nacido el Nushu. Tan necesario como alimentar el cuerpo. Las mujeres reunidas beben té caliente. Por primera vez las sonrisas son verdaderas.
El viento golpea las paredes. Rebelde, igual que ellas, tal vez resentido; ya no le confiarán sus secretos, ahora pueden escribir y leer con un lenguaje propio.
La felicidad, esa pequeña porción de felicidad brotará en cada palabra. Nadie sabrá si del pecho o pintada en las paredes del miedo a no permanecer o son parte de un sueño, nacido en ojos suaves como el agua, después de tanto llorar su ignorancia.
Los hombres duermen sin notar la ausencia de sus esposas, hijas, hermanas. Nunca la notan. Hace años que ellas se reúnen, discuten, dibujan, crean. Letras y sonidos. Palabras que serán repetidas por otras mujeres que tampoco tuvieron acceso a la escritura.
No importa el frío, la lluvia, las campesinas sonríen, han hecho una revolución, una proeza. Igualaron a los hombres, lo callan.
El viento pasea por el pueblo que envuelve al lago, susurra en las ventanas lo que aprendió: nushu, repite. Nushu grita a veces. Nushu aúlla colándose por grietas.
Las gotas persistentes hablan también el nuevo lenguaje y lo dejan escrito sobre los techos brillantes: Prohibido leer, prohibido escribir. Arrepentida, la lluvia pasa el borrador en un ímpetu de agua derramada.
Esas palabras ya no tienen sentido.
Adentro, la risa callada de las mujeres parece adivinar el mensaje.
© Cecilia Ortiz
-Homenaje a sus creadoras-
(Hace 1700 años, las mujeres chinas carecían de educación formal y vivían sometidas en casa de sus padres y luego en casa de sus maridos. Expulsadas del idioma de los hombres, decidieron inventar un idioma propio, el Nushu, que en chino quiere decir escritura de mujer.
La última hablante del Nushu –único lenguaje del mundo hablado exclusivamente por mujeres– fue Yang Huanyi, de China, quien murió a los 98 años a fines de septiembre de 2004. La primera en hablarlo habría sido una de las concubinas de un emperador, para expresarse con un idioma propio de mujeres.)
domingo, 29 de agosto de 2010
Abrir la puerta

La angustia me estremece. No siento más que tirones en la garganta y sin ganas cierro los ojos, me acuesto.
Angustia juega a las visitas. Ofrece el té en una minúscula taza, vacía y deteriorada. No acepto el juego. Me ofrece otra taza: porcelana con bordes de plata, té dorado, cálido, tentador. La rechazo.
Se va ofendida y deja todo desordenado: las tazas en el piso, debajo de la alfombra, al costado de la cama.
También ha dejado los guantes largos y la cartera.
Volverá, apresurada, como siempre.
No abriré la puerta.
© Cecilia Ortiz
domingo, 10 de mayo de 2009
Mamá Tere

Digamos que sucedió en un lugar lejano, en distancia y tiempo.
Lo contaré en tiempo presente como si estuviera sucediendo ahora.
El lugar es tranquilo, no se ve gente por las calles. Es pasada la hora del mediodía, el cielo despejado tiene una claridad especial que bien podría ser espacial.
Pasa el tiempo entre subir maletas hasta una oficina, entrar a otra y esperar. Hemos estado esperando buena parte de la mañana, en otro lugar, que pasaran a buscarnos.
Estamos algo inquietas. El aire huele a qué, me pregunto. Algo huele raro, como si quisiera anunciar o denunciar. Pienso que es cansancio, que el viaje, que la distancia. Que no puedo seguir pensando esto.
El hombre entra, es un hombre como tantos otros, pero éste tiene el cargo más alto del municipio. No lleva un letrero que lo anuncie, lo anuncian.
Nos mira como si estuviera viendo extraterrestres.
Comienza un discurso de bienvenida. No. Es un simple discurso, de esos a los que está acostumbrado. Lo interrumpo, me presento y digo lo que hemos ido a hacer.
Que a un presidente de municipio le lleguen como de regalo siete mujeres poetas, no es fácil de digerir. No sabe nada, de nosotras, no sabe qué hacer con nosotras. Consulta a sus allegados. Están igual que él.
Cada una propone algo. Para eso hemos viajado tanto.
Acordamos un plan de trabajo para la tarde y para el día siguiente. Y salimos.
Han pasado horas desde que llegamos. Paseamos por los alrededores, Almorzamos y ahora estamos en un vehículo, algunas en la cabina del conductor que vocifera como si repartiera melones: Ando repartiendo a las poetas; otras en la parte de atrás, a pleno sol.
La poca gente mira, pero no saluda. Alguien me susurra al oído: Realmente estamos acá o es un sueño colectivo. Pienso, sería un sueño si la banda municipal estuviera haciendo un concierto de bienvenida. No lo digo.
Estamos frente a una casa, dos compañeras han descendido. Un hombre las recibe, sus ojos parecen de gato, se muestra amigable. Entran. Seguimos viaje por una calle en lo alto del pueblo, a los lados las casas se pierden hacia abajo. El cielo sigue especial.
Aparece de improviso un vehículo azul, viene subiendo con velocidad, frena a escasos centímetros de nosotros. Lo sé porque estoy sentada en la cabina. Si saco la mano puedo tocarlo. Gritos, nuestros gritos. El otro conductor ni muestra de disculpas. Y el que conduce el que viajamos dice sonriente: Es A… de la oposición. ¿Qué oposición? La pregunta queda en el aire. ¿Y si nos hubiera impactado? Estaríamos cayendo por ahí, señala vagamente.
Giro la cabeza, miro a mis compañeras, están bien, las maletas y bolsos se han desacomodado, pero ellas no.
Seguimos viaje.
Nos detenemos delante de una casa. El conductor explica: Esta señora dispone de alojamiento para una sola. Desde atrás se escucha una voz: Me quedo yo.
Tenemos que volver a la casa anterior, un bolso no está. Cuando llegamos las dos poetas que habían quedado allí, salen con todas sus pertenencias. Vuelven a entrar sin decir palabra. Un detalle, que no se me pasa por alto, consulto a la que tengo a mi lado.
El motor del vehículo tapa mi voz.
El bolso estaba oculto bajo un abrigo y partimos nuevamente Volvemos a la segunda casa. La mujer nos saluda con su mano en alto cuando partimos. Primera señal de que hemos arribado a buen puerto.
Quedamos cuatro, en espera.
Volvemos a la calle principal, la de la plaza, el Palacio Municipal, los puestos del mercado, sin vendedores.
En otra casa quedan dos poetas, entran acompañadas por la mujer que las recibió.
Volvemos a viajar. Recorremos todo el pueblo, salimos de él. Vamos por la carretera hacia las afueras. Ya no hay casas. A lo lejos se divisa una construcción, solitaria. Bien arriba, sobre el faldeo del cerro.
Quedamos frente al hombre que nos recibe, subimos despacio, parece que nuestras maletas no están de acuerdo. La habitación tiene una cama matrimonial, se cierra desde afuera, está apartada de la casa. Salimos de ella, bordeando un caminito angosto, rodeado de árboles y plantas de buen tamaño.
Estamos sentados alrededor de la mesa. El hombre nos ofrece una bebida. No aceptamos.
Él se disculpa, su esposa no está porque no le gusta estar en la casa y prefiere trabajar fuera y llega muy tarde en la noche.
La televisión encendida es un alivio, no sabemos de qué hablar.
Finalmente hablamos de fútbol, de su equipo favorito, de mi equipo favorito, del equipo favorito de mi compañera. Lentamente pasa la hora. Parece que retrocede.
Vamos a la habitación, nos sentamos al borde de la cama. Mi compañera busca el baño, regresa con cara de preocupación. No tiene puerta, una cortina es todo lo que hay antes de un pozo y la nada.
De noche va a ser imposible ir, dice en un suspiro mientras busca algo en su mochila.
Y có mo te ves dur mien do acá, digo entrecortadamente.
No me veo. ¿Y tú?
Estamos en silencio. Siento que ella no dice lo que piensa.
Qué piensas, digo en voz baja.
En una vaca que toca el violín. Es un dibujo animado muy viejo, siempre que estoy inquieta pienso en eso.
Me río. Ella también.
Su vaca violinista me ayuda encontrar mi equilibrio interior. Me digo: esto no es tu vida. La vaca deja de tocar. Han llamado a la puerta.
Es el dueño de casa, ya es hora de partir.
Entre nuestro anfitrión y el conductor del vehículo han arreglado quien nos llevará hasta la casa donde nos reuniremos antes de ir la escuela. Haremos una presentación allí.
A partir del momento del reencuentro con mis compañeras todo comienza a ocurrir a mucha velocidad.
En la escuela los alumnos están como en misa. El salón iluminado es lo único con vida. Los maestros escuchan desde afuera. Suenan las voces, una detrás de otra. Los poemas sobrevuelan el espacio invisible del universo, que nos rodea. Estamos en él, somos una pequeña parte que palpita, en este pueblo adormilado por, no sé qué aroma silvestre. No puedo creer que sean siempre así.
Hablo, es mi voz la que escucho ahora, digo que me hice poeta porque el mundo tal como es, no me gusta, cuento cómo surgió cada poema que leo, desde que dolor, desde que angustia, desde que emoción. Mientras leo, la vaca violinista bailotea al fondo del salón. Los niños sonríen, logro compartido con la que hace sonar el violín y no se escucha.
Salimos, la calle desierta. Locales cerrados. Son las seis de la tarde de un día viernes. Tenemos ganas de tomar café, o té y contarnos las experiencias de cada una. Una mujer que trabaja en el municipio nos lleva a una especie de club social. El café me sabe a gloria. Lo necesitaba.
Ha ocurrido una revolución. Las dos primeras poetas que fueron alojadas en la casa del hombre ojos de gato se fueron con la excusa de comprar un medicamento y no regresaron. Tenían que dormir en una habitación con una cama matrimonial, una cama simple y un catre. Cinco personas en una sola habitación. El dueño de casa presentó a una mujer como su empleada y una jovencita como la hija de ella. Mis compañeras sintieron que no podían quedarse allí, en la otra habitación solamente había mesa y sillas Consiguieron alojamiento en un hotel. Mi compañera y yo nos miramos. Nos comunicamos con el pensamiento. Tendríamos que recuperar las maletas. Una buena excusa es decir que ellas nos invitan a compartir su cuarto.
Y nos prometemos que cada una velará por la seguridad de todas. Ya no más quedarnos con detalles que nos hacen sentir inseguras. Detalles. Los presentimos cuando regresamos a buscar un bolso. Esto de estar espalda con espalda no es lo que esperábamos, ni lo que, como invitadas a un evento internacional, se puede esperar.
Vamos en un vehículo que parece salido de otro mundo, muy moderno. Butacas cómodas, capacidad para diez personas. Puertas deslizantes. Nos ha pasado a buscar un policía. Será nuestro conductor. No estamos sorprendidas. No sabemos por qué, pero no hay sorpresa. Que todo sea como quieren que sea.
Pasamos a buscar las maletas. El hombre sigue solo.
Es loco, así de simple, loco. Estamos en medio de la nada, bajo el cielo estrellado, observando la vía Láctea. Una oferta del policía para que viéramos algo reconfortante. Lo que no sabemos es si sabe qué es algo reconfortante.
Frente a nosotras el paisaje a oscuras, la carretera que cada tanto se ilumina al paso de algún vehículo de carga desde donde las bocinas y los gritos nos hacen sonreír y a la vez pensar qué estamos haciendo allí. El cielo testifica que estamos, estrellas, millones de estrellas, cercanas o lejanas o ya extinguidas nos observan. Algo se mueve allá arriba. Pregunto donde está el oeste. Nadie sabe. Lo pregunto porque si eso que se mueve va de este a oeste es un satélite, si no, es otra cosa. Y parece que lo es. Aumenta de tamaño, se achica, cruza veloz, se detiene. Es loco, si, muy loco, repito cada tanto.
La noche resplandece de silencio, luces lejanas, eso que se mueve; empezamos a impacientarnos.
El policía cruzado de brazos mira, como nosotras hacia arriba. Con tranquilidad, eso parece, mira la hora y pregunta: ¿Les parece regresar?
Regresamos. Todo vuela, los minutos, la hora, las nubes, el vehículo.
Mi compañera y yo estamos sentadas al borde de la cama. En otra habitación las otras dos poetas, descansan. Nos despedimos de ellas, como si no estuviéramos conformes. Y no lo estamos. La sensación de estar solas, es permanente. Lo sé.
El dueño del hotel y la señora que estaba con él, parecían de un cuento de misterio (por no decir de terror) Nada decimos. Voy a darme una ducha, mientras pienso en la vaca violinista y me imagino una canción de casa de muñecas. Canto algo parecido a un bolero, la letra se ausenta. Creo que la vaca no desea que le haga competencia musicalmente. Escucho la voz de un hombre. Presto atención. Escucho la voz de mi compañera. Pregunto: ¿Está todo bien?. Escucho: Si.
¿Qué pasó? Vino el policía a preguntar si habíamos llamado para decir que estábamos incómodas. Le dije que no y las chicas le respondieron lo mismo.
¿Otra vez el policía?Ay amiga estomeparecedepelículamalfilmada, digo todo seguido casi sin respirar.
Algunos gritos resuenan afuera, lejanos. Una mujer grita fuerte. La voz de un hombre parece dar una voz de mando. Voces que se superponen. Cuesta comprender qué dicen. No se entiende. Será lejos de aquí. Silencio.
Miro a mi compañera y le digo: lo único que falta es que aparezca el policía otra vez,
No dice nada.
Ya tengo puesta la ropa para dormir, me saqué las lentes de contacto y estoy pasando crema por mi cara, me parece un placer extravagante, dadas las circunstancias .Lo que ha ocurrido hoy es increíble. La ropa para mañana está como apurada para que la use. Estoy cansada, me digo, muy cansada.
Golpean la puerta, me asomo por la cortina que cubre el vidrio de la parte de arriba, abro porque alcanzo a ver una cara conocida que dice: ¡Vamos!
¡Vamos ya! ¡Así como están! ¡Vamos!
Así como estoy, no, digo
Antes muerta que sencilla, susurro y apurada me pongo las lentes, caigo dentro de la ropa que aguardaba con impaciencia y termino de vestirme mientras acarreo la maleta escaleras arriba. Si, escaleras arriba, donde está la puerta de entrada.
Salimos del hotel escoltadas por la poeta que había quedado sola en casa de su anfitriona, el policía y una jovencita que no conozco. Soy la última en subir al vehículo. Todas las caras me miran con asombro. Todas las caras que me miran tienen miedo.
Estamos en casa de la anfitriona que solo iba a alojar a una. Somos cinco en total. Todavía no puedo creer lo que escuché. No puedo creer lo que sucedió o no sucedió por obra y gracia de esta mujer que nos está alojando en su casa. Estamos en la cocina comiendo, bebiendo algo caliente, hablando sin saber muy bien de qué. Por lo menos yo. Escucho, presto atención, y no entiendo. ¿Secuestradas en el hotel?
Parece que sí, que es así.
Tengo que ir para atrás, al momento que nuestra compañera alojada en esta casa, estaba muy cómoda, comiendo y conversando con la dueña de casa y su hija. Contaba nuestra aventura al aire libre y luego que nos quedamos en el hotel y las razones por las que nos habíamos quedado. De allí para adelante es todo vértigo.
La anfitriona, llamó por teléfono a un familiar, diciéndole que él sabía lo que estaba ocurriendo y que tenía que sacarnos de allí. Por eso fue el policía a preguntar si habíamos llamado para quejarnos. Le avisaron a ella que estábamos bien y enojada con su familiar le dijo que le enviara el vehículo que iba a sacarnos de allí.
Nuestra compañera, alojada en la casa, tomó las riendas del asunto, se vistió de luchadora, y salió rumbo al rescate. Y la voz de mujer que escuchamos era su voz. Peleó, literalmente por nosotras.
No querían dejarnos salir. El policía intervino. Nuestra compañera argumentó que éramos diplomáticas, que el dueño del hotel se metía en un lío internacional. Y no sé cuantas cosas más. Muy loco, pero real. Si no lo hubiera vivido, me costaría creer que esto sucedió.
Por eso sigo sin comprender. Entiendo todo, pero no lo comprendo. No somos aventureras, llegamos hasta aquí desde nuestros hogares, por invitación oficial, que a esta altura ya no sé si es tan oficial y si hay alguien responsable, además de nuestra anfitriona. Y nuestra compañera guerrera.
Tan silencioso el lugar, tan de espaldas a nosotras, tan que nadie nos veía y todo lo que se movía bajo la apariencia de tranquilidad
Ahora la noche está afuera, las estrellas siguen con su luz intermitente, lo que volaba y no sabemos qué es, estará o no. Nosotras estamos abrigadas en esta casa, rodeadas de cariño. Es evidente. Una mamá nos protege.
Ya escucho mi voz cantando una canción que aprendí en mi infancia. Habla de un pajarillo pecho amarillo, que revolotea el nido perdido. Es triste, pero me recuerda mi casa, mis padres, mi perro. Sigo cantando. La vaca violinista debe estar dormida. No me interrumpe.
Mis compañeras ríen. Están contando mi preocupación de super estrella por mi ropa y mi aspecto, hasta en momentos tan tensos como el de hace un rato. Sonrío y hago gestos de artista consagrada.
Pienso en el día de mañana. Cómo será. ¿Tan alocado como el de hoy? ¿Seguiremos en este lugar, alguien nos dará alguna explicación, cómo estarán los otros grupos? Quiero irme, ya mismo. Mi mente gira a mucha velocidad. Dejo de pensar.
Mañana es otro día y tal vez, (esto no me convence) cambie el rumbo.
Hoy, el ahora es lo que tengo frente a mí.
Miro a mí alrededor. La anfitriona rodeada de las poetas y su hija mostrando labores que hacen para sostenerse económicamente.
Bebo una taza de café. Todo es perfecto. Parece una escena conocida. Y tengo la certeza de que nada puede ocurrirnos en casa de mamá Tere.
Mi hermana poeta descansa luego de su batalla. Le acaricio la frente antes de acostarme. Y doy gracias a Dios.
A mamá Tere
y a Coco
© Cecilia Ortiz
Experiencias por el mundo
domingo, 7 de septiembre de 2008
Anécdota
9 de noviembre de 2007
Estamos en Santo Domingo de Tonalá, Huajuápan de León, Oaxaca, México.
Somos el grupo designado a permanecer durante dos días, participando en los eventos que cada comunidad preparó para el XV Encuentro Internacional de Mujeres Poetas en el País de las Nubes.
La fotografía la toma Patri.
De izquierda a derecha: Ivonne, María Elena, Rosa María, Artemio, Laura y Socorro.
Más arriba estoy yo.
Artemio es la persona designada, por el Presidente del Municipio, para hacernos conocer el paisaje cercano a la población.
Suponemos que para hacer tiempo, hasta que se organicen, pues supieron que íbamos, a media mañana. Y llegamos pasada la una. Una voz femenina dijo: Ya la escuela está cerrada.
Nosotras quedamos en el aire. Literal.
¿Entonces?
Habrá que pensar algo, para hacer, pero qué.
¿Una visita a la escuela, fuera del horario habitual?
¿Leer poemas y hablar de nuestro oficio de escritoras?
¿Decir que la poesía surge rebelde, porque el mundo tal cual es no nos gusta?
¿Un recital en la bella plaza que vimos al llegar?
Todas decimos algo, hablamos bajo, sugerimos, dudamos. Lo mejor es seguir caminando.
Nos vamos detrás del hombre que habla continuamente. Y escuchamos: si hubiéramos sabido que venían les hubiéramos reservado habitaciones en el hotel, que ahora está completo, ocupado con gente que vino de México D.F.
Tal vez un tequila nos vendría bien.
Sabíamos que en todas las comunidades nos alojaríamos en casas de familia. Pero de esto, Artemio, no ha dicho nada.
Caminamos observando la naturaleza a pleno. Los sabinos necesitan mucha agua, la necesitan para desarrollar su tamaño, estar a pleno verde, y entre sus raíces siempre hay agua corriendo por pequeños surcos. Lechos de piedras que musicalizan el momento.
Nos dicen que si bebemos el agua estamos signadas a volver.
El agua es clara, limpia y hace calor. Necesitamos beber agua, (como los sabinos) para resistir el cansancio y la sensación que estamos en un lugar donde nadie nos esperaba.
Primero, mojamos manos, luego caras, y por último, algunas bebemos.
Salimos del bosque para ir a almorzar. Y, después...
¿Y después?
Cuando finalice el día sabremos si el deseo del volver será muy fuerte o quedará como anécdota.
® Cecilia Ortiz
Para todas mis compañeras de grupo.



