lunes, 29 de enero de 2007

Vuelo




Lo vi entre las piedras del arroyo. Un pichón peleando contra restos de cáscara y, viento empeñado en ayudarle. Arriba, en la saliente de la montaña, el nido. Miré el sendero que baja caracoleando hasta el bosque, unos jinetes con fusiles y plumas muertas sacudidas por la brisa, se alejaban. Comprendí también que el pichón perdía posibilidades. El nido solitario era un mal presagio. Pensé: pobre bicho.
Sentí un agujero en el pecho y el frío colándose por allí. Lo tapo con el cóndor, me dije y lo metí entre la ropa, parecía una piedra helada. Subí al caballo, apuró el paso sin que le dijera nada.
. La columna de humo detrás de los árboles blanqueados, me pareció el paraíso; delante de la chimenea se olvidaba el frío. La nieve caía lenta. Me toqué el pecho, el pichón se movió. Entré el caballo al establo. Traté de apurarme, la montura se resistía, las riendas enredaron mi botas, me di cuenta de que con una sola mano era un inútil. La otra acariciaba el pequeño cóndor que había comenzado a temblar. Corrí hasta la casa. El viento arremolinaba nieve delante de la puerta.
Un mate espumoso, humeante, calentó mi boca.
Cuando puse el pichón sobre la mesa, Luisa agrandó los ojos, lo tocó y sucedió lo que esperaba. A ninguna mujer un crío se le escapa de los brazos. Al rato, Juancho, apareció envuelto con unos trapos y el buche lleno.
Se adueñó de la cocina en pocos días. Entre cacerolas y espantadas con el repasador, creció. Se hizo juguetón y molesto. Luisa lo llevó al gallinero en cuanto el tiempo lo permitió. No fue bien recibido. El paso de los días le dio la oportunidad. Imitaba a las aves y cada tanto un picotazo del gallo lo hacía volver a la casa. No era un buen lugar para él. Se lo dije a Luisa, me respondió: el mejor lugar es la montaña, si no hubiera sido gallina.
Me palmeó la espalda. Sentí entonces que me había dado la oportunidad de hacer algo más que mirar. Por la mañana me iba con Juancho, al lugar donde lo había encontrado, para ver si se le despertaba el instinto. Sólo imitaba el vuelo que conocía. Regresaba a la cocina, a enredarse con las cosas. Iba al corral. De revuelos y gritos se llenaron los días. Cuando tuvo el aspecto de adulto y lo vi hacer tonterías de cachorro, tomé la decisión.
Luisa tuvo miedo, él se había prendido de su pollera, así decía ella. Lo observamos durante unos minutos. Luisa le abrió las alas, nos sorprendimos.
Al día siguiente, de madrugada, salimos hacia la montaña, cabalgando por el bosque hasta llegar al claro, los caballos quedaron a la sombra. La brisa era fresca, el sol , radiante, prometía una buena jornada. Subimos por la picada, nuestro adoptado iba entre los brazos de mi mujer. Miré sus lágrimas cuando me lo dio, al borde de la cumbre. Tardé en lanzarlo al aire, era como desprenderme de algo mío.
El barranco terminaba en arroyo y piedras, las alas del cóndor estaban tiesas. Gritamos. A punto de estrellarse el cóndor supo quien era y voló. Lo vimos entre lágrimas. Imponente. Bajó cerca de nosotros, no hicimos ningún movimiento. Se entretuvo un rato: tomaba carrera, aleteaba, volvía para mirar; seguimos sin movernos.
Bajamos tarde, solos. El nido quedó habitado.
Al entrar a la casa, mis palabras escaparon diciendo: Hicimos lo que debíamos hacer.
Luisa frunció la frente y mientras preparaba mate escuché que decía: Me parece que los humanos también volamos como gallinas cuando podemos ser cóndores.
Asentí con la cabeza. Los ojos de ella esperaban respuesta. Me acerqué, la miré de frente y mientras le daba un beso dije: No hay que olvidarlo nunca, Luisa, nunca.
Al abrazarnos, sentí la emoción de ella y me pareció que ya estábamos abriendo las alas.



*Fotografía: Anita Cespedes- México- Cancún- cañón del Colca.


® Cecilia Ortiz

viernes, 29 de diciembre de 2006

Caminaré





















No puedo eludir la brevedad del día
la noche avanza desde la nostalgia
me hermana
con aquel poeta que existe sin proezas
-elocuente poema de invencible palabra-

En la ciudad resplandores de fuego
consumen el oscuro rostro de la sombra.
La insensible magia nocturna agota lágrimas
observa ausencias
huye del aire sin decir su nombre.

No puedo eludir la brevedad del día
las sombras ya juegan detrás de mis ojos.
-la noche me alimenta con sus panes-

Camino
debo encontrar el latido de la idea.

Sorprende el milagro de la luz desplegada
en el gran espacio sucesivo
primero una diáfana sorpresa
luego la magnitud de un eco lejano.

No puedo eludir la brevedad del día
cuando la oscuridad espera ser nombrada
cierro los ojos borran huellas memoriosas.
El olvido esconde una maraña de recuerdos.

Caminaré por plazas pobladas de rincones
desnudando paisajes no creados
el oficio de viajera me estará esperando.


del poemario En la geografía de mis manos

® Cecilia Ortiz

viernes, 15 de diciembre de 2006

Alas calladas







Fue en un bosque pétreo donde el cóndor desplegó el instinto
y se hizo vuelo eterno en pliegues memoriosos.
Festivo imperio sobre cumbres invencibles.
Comprendo el sentido.
Cientos de luceros encendieron un himno
el suelo fue dueño y destino de muchos.
Hombres que siendo niños dispusieron tiempo.
Mujeres con pulso fuerte, empeño entero.
El territorio fue hecho con simiente verde.
Creció un continente
un metro, cientos de gestos
distintos rostros credos diferentes.
Un rocío lento mojó los esfuerzos
se removieron escombros con fiebre que no cede
surgieron terruños, montes llenos de bríos.
Lobos y corderos comieron restos de todos los sueños.
El mundo se hizo estéril
no contiene ni crece.

Fue en un bosque pétreo donde el cóndor desplegó el instinto
y el universo vertió un diluvio de peces.
Tiempo corto
resurrección y muerte.
Me pierdo en un destierro que consume símbolos
sobreviviré
del cóndor heredé el instinto.
® Cecilia Ortiz